martes, 5 de julio de 2011

La Clase de Música, de Rosa Segura

La amiga Rosa Segura, me envía un divertido relato para compartir con todos los lectores del blog. Espero que os guste.

La Clase de Música

Don Apolonio de la Corbeta, era un caballero orondo que pasaba de la cincuentena largo y presumía, en cierto modo, de una situación financiera acomodada, la procedencia de la cual arrancaba del estraperlismo de los años posguerreros del 36, aunque él no lo confesaba nunca ni a su director espiritual.

Se había librado de acudir a las trincheras. Había estado en el bando republicano ("rojo" entonces para los "fascistas") y, al parecer, tuvo la suerte de que no le llamaran a filas por poco. Y es que, dadas las circunstancias y la escasez de tropa, reclutaron a la famosa "quinta del biberón", que eran jóvenes de 18 años (la mayoría de edad era entonces a los 21). Se rumoreó que también reclutarían a los cuarentones, pero el recuerdo se esfuma en la duda de que se hiciera. Sea como sea, él se zafó de tan peligrosa llamada porque las lenguas viperinas afirmaban que estuvo escondido en ... no se sabe dónde, claro

Se había casado, pues, en su momento, poco antes de la susodicha guerra y había tenido una única hija para su desconsuelo, pero la naturaleza casta del contrayente no dió para más.

En aquellos años cincuenta, cuando se sitúa la acción que se relata, la niña tenía ya quince preciosos años y su padre alimentaba la idea (otros sólo podían alimentarse de ellas), de que su hijita estudiara música, su gran pasión. La del padre quiero decir. Y como tenía un piano de adorno, comprado de segunda mano años ha, las cosas venían armonizadas.

A la niña eso de la música no le hacía ni fu ni fa. Le era completamente indiferente, excepto en el caso del "Tiro-Liro", "La Vaca Lechera" o "La Casita de Papel", cuyos compases acompañaban los bailes de la escoba y del farolillo. Pero como, al fin y al cabo, algo tenía que hacer para distraerse y completar su formación, una vez terminados sus estudios, más un curso de Corte y Confección, obligado para adolescentes bien educadas, disimuló y Elisa, que así se llamaba. no puso reparos a los deseos de su padre, sobre todo después de conocer al profesor que se le había asignado. Un muchacho jóven de aspecto schopiniano que, acabada su carrera musical en el Conservatorio, se dedicaba a dar clases particulares de solfeo y piano.

Una vez concertado el trato, el jóven apolíneo fue aceptado por don Apolonio ... e hija. Haciendo una excepción, el profesor iría personalmente a casa del contratante, puesto que las clases las daba en su propio domicilio y eran más baratas, así que, al tener que desplazarse, todavía salía ganando económicamente el maestro, cosa que no era para despreciar.

Aquel memorable día sabatino en que Elisa tenía asignada su primera clase de solfeo, se celebró el suceso en familia. La esposa de don Apolonio, preparó una comida especial y el marido acudió de punta en blanco al Horno del Cisne de la calle Pelayo, donde compró un rosco de mazapán con cerecitas, que gustaba mucho a su hija.

Mientras degustaban aquel menú, don Apolonio ya iba elaborando sus fantasías musicales, viendo a su hija en el Carneggie Hall, interpretando el concierto para piano y orquesta número 2 en do menor de Rachmaninoff, una de sus piezas preferidas, dirigida por el eximio Karajan.

Sobre el piano colocó un busto de Beethoven, que le había regalado un amigo anticuario, con el que acudía a los conciertos que la Banda Municipal ofrecía en el Palau de la Música, los domingos por la mañana, así como un jarrón con flores artificiales y un metrómono, imprescindible para las clases, sobre todo para los que no tienen demasiado sentido del ritmo. No era éste el caso de don Apolonio, que tenía un oído finísimo para controlar los tempi.

Las cinco campanadas de aquella jornada histórica, resonaron como música celestial en aquel piso de altos techos y perfecta acústica. La sumisa esposa, en su condición de propiedad de señora de la Corbeta, se retiró discretamente para no estorbar, pero don Apolonio abrió personalmente la puerta al maestro, puesto que no consideraba oportuno que la sirvienta hiciera de introductora.

En el salón ya esperaba Elisa, elegantemente ataviada y más bonita que nunca a sus quince años, cosa que no pasó desapercibida por el instructor.

- Espero, hijita, que no defraudes las ilusiones de tu padre y aproveches bien las clases.

La jovencita asintió y el papá cerró la puerta y desde el comedor afinó las trompas de Eustaquio, para no perderse ni una redonda de aquella primera clase. En cambio Elisa, con más ojos que orejas, se dispuso a escuchar al jóven.

- Señorita, hoy voy a comenzar con una lección sobre el origen de la escala musical - explicó el educador, haciéndole entrega del famoso tratado "Solfeo de los Solfeos"

El título no correspondía al diáfano tiempo, porque el sol era espléndido.

- La denominación silábica "ut-re-mi-fa-sol-la", fue sacada por el teórico Guido d´Arezzo, de un himno en el cual los cantantes rogaban a San Juan Bautista, que les protegiese de la afonía y decía así. Y con acento gregoriano entonó: "UTqueant laxis REsonare fibris, MIra gestorum FAmuli tuorum, SOLve polluti LAbii reatum, Sancte Johannis" ...¿Me sigue, señorita?

La pobre Elisa estaba sin saber qué contestar, porque no había estudiado latín. Y se le quedó mirando con un cierto sonrojo.

- Ya entiendo - pausó el maestro, calmando a su alumna - No se preocupe; luego se lo anoto. Sigo y termino. Más adelante, se introdujo la nota "SI" para el séptimo tono y el "UT" fue cambiado por el "DO".

Sin más preámbulos se inició la clase propiamente dicha con los más rudimentarios conocimientos musicales, que luego pasaron a Elisa para que hiciera los deberes y memorización.

A las seis en punto finalizó la clase, como era preceptivo, la cual ayudó a don Apolonio a digerir los spaguetti con más tranquilidad que de costumbre, sin sus habituales expansiones aéreas que tanto molestaban a los comensales.

Huelga decir que el sueño más plácido inundó de silencios la noche de aquella jornada antológica.

Y pasaron las semanas y unos cuantos meses. Elisa iba progresando en sus estudios, cosa que se podía apreciar por los sonidos que llegaban del salón al comedor, con la voz de la hija solfeando y el acompañamiento del pianista. De las redondas se había pasado a las blancas, a las negras y a las corcheas, lo que demostraba la aplicación de la alumna y llenaba de satisfacción a don Apolonio y familia. Sí, la niña estaba resultando una alumna aprovechada y una tarde el profesor le dijo que ya había llegado el momento de que aprendiese a pulsar las notas con el tratado de Czerny para principiantes. !Oh, qué contento! , porque Elisa trasladó las sencillas melodías al piano, como una experta. En vista de ello, el jóven entregó a su aplicada discípula otro cuaderno: el Album para la Juventud, de Schumann, cuyas partituras fueron interpretadas con casi maestría por la aspirante a concertista. !Qué indescrptible orgullo para su melómano progenitor!

Todo iba sobre teclas. Nada parecía que iba a derribar aquel cúmulo de felicidades ... Pero un día, día aciago sí, día con sol feo, aquel sí, día sin el aplauso del pobre y confiado don Apolonio, porque una tarde del mes de mayo, mientras estaba escuchando desde el comedor la consabida clase con las románticas piezas de Schumann ...se hizo el silencio en el salón. El buen señor escuchaba y escuchaba y nada oía. Pensó para su desespero, que se había quedado sordo como su admirado Beethoven. Y siguió escuchando diez, quince minutos. Nada. Ni una sola nota se escapaba a través de la puerta de los musicos. Pasada media hora, don Apolonio ya no pudo reprimir su curiosidad y se dirigió al salón para averiguar lo que pasaba. Abrió la puerta resueltamente, pero con cuidado para no interrumpir y la escena era de película. Y lo decimos porque su hija, entre los brazos del maestro, estaba enayando su primer beso de amor a lo Greta Garbo y Robert Taylor, beso que se había hecho famoso en la época, por la película "Margarita Gautier".

Un fuertísimo zapatazo del padre en el piso, despertó a los enamorados y la voz atronadora de don Apolonio, fuera de sí, hizo tambalear el busto del genio de Bonn.

- Señor Paquito. Haga usted un paquetito con sus partituras !y váyase con la música a otra parte! ... Y tú, niña, vete a la alcoba, mientras yo voy a hablar con tu madre.

Luego, dirigiéndose de nuevo al seductor, le increpó: ¿Para esto le pago?

- No, señor - confesó sinceramente el jóven -. Esto lo hago gratis.

De cómo terminó aquel suceso, lo supimos por las noticias, porque, años más tarde, se pudo leer en los periódicos el siguiente anuncio: "El próximo día ....la aplaudida concertista de piano Elisa de la Corbeta, actuará en el Palau de la Música, con un repertorio de música española de Granados y Turina. Dirigirá la orquesta su esposo, el galardonado director Francisco ... etc ...etc..."

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